Juan B. Justo y la cuestión fiscal

Juan B. Justo y la cuestión fiscal

Carlos Marx, con su sabiduría habitual, sostenía que”la lucha impositiva es la forma más antigua de la lucha de clases”. Siguiendo al maestro alemán, para Juan B. Justo, las finanzas públicas no eran una simple columna de números fríos, sino el espejo moral de la administración del Estado, y un campo de batalla esencial para la vida del trabajador. 

A través de sus intervenciones en las distintas legislaturas, retratadas en el destacable trabajo de Dardo Cúneo, titulado Juan B. Justo: La lucha social en el Parlamento,  se dibuja un paisaje donde el dinero público suele ser maltratado por la incompetencia y la codicia.

El debate legislativo sobre el Presupuesto Nacional, que es el “esqueleto”  sobre el que reposa la estructura del Estado, era para el fundador del Partido Socialista Argentino, una tarea básica. A través de sus intervenciones, se dibujaba un mapa de cómo debería funcionar una administración pública equitativa. 

Planteaba en la discusión sobre la Ley de Presupuesto de 1912: “Los libros de finanzas, dan como primera regla de la teoría financiera la de que el presupuesto del Estado ha de comenzar a estudiarse por los gastos. Es necesario saber cuáles son las necesidades públicas que hay que llenar, cuales son las necesidades públicas que el estado es capaz de llenar económicamente; y después, se votan los recursos con que se han de cubrir esas necesidades”.

Lamentaba que no existiera un plan de desarrollo competente que guiara los gastos de la nación, desde el Norte del país hasta la Patagonia, problema que hogaño estamos observando con los incendios que están devastando esa querida parte de nuestro país. Para el teórico socialista era tan importante el debate sobre el presupuesto nacional, que a fines de 1916, estando convaleciente por un atentado contra su vida, solicitó instalar una habitación en el Congreso para participar en el importante acontecimiento. Con su minuciosidad habitual y analizando artículo por artículo, impugnó la estimación fiscal desde la perspectiva de la clase social proletaria.

 En su notable libro Hacia una economía socialista, un discípulo de Juan B. Justo, Rómulo Bogliolo, sostiene que a medida que la sociedad avanza, el Estado debe asumir más responsabilidades. Pregona la nacionalización de los servicios, como escuelas y hospitales, porque considera que el gobierno central debe garantizar un nivel de civilización y derechos igualitarios para todos los ciudadanos. Una buena administración es la base de una democracia sólida. Sin eficiencia, la república peligra.

Su crítica al sistema de impuestos imperante era feroz. Denunciaba que el Estado vivía de cobrar gabelas innecesarias, encareciendo los artículos de primera necesidad que consumían las familias humildes. Esto era para él, una pauperización sistemática. El gobierno esquilmaba a la clase trabajadora gravando su comida y su vestido, mientras las grandes fortunas y las tierras valorizadas por la obra pública apenas aportaban al erario. 

Sentía que era una ironía cruel que el peso de la administración pública  cayera sobre los hombros de quienes menos tenían. En su intervención parlamentaria del 29 de diciembre de 1913, arremete contra la injusticia: “El impuesto argentino agrava las desigualdades sociales en vez de aliviarlas. Los socialistas consideran que estos impuestos son progresivos al revés; gravan con un tanto por ciento mayor a los pobres que hacen consumos indispensables para la vida que a los que tienen grandes rentas y las invierten en gastos superfluos”.

Una de sus críticas más agudas, era contra la hipocresía de la clase dominante. El Tribuno socialista señalaba que los ricos exigían que el Estado interviniese para proteger sus negociospero gritaban: ¡libertad!, y se quejaban amargamente, cuando el Estado les quería cobrar impuestos para financiar los gastos necesarios para una movilidad social ascendente. Hoy, conturbados, vemos a Marcos Galperin pidiendo la protección del Estado argentino, ante la presencia imparable de la plataforma china Temu.

La idea socialista era cambiar el sistema de impuestos: dejar de cobrar tanto al consumo (que castiga al pobre), y empezar a cobrar impuestos directos a la riqueza. Argumentaba que quienes tienen más capacidad, y se han enriquecido, incluso en tiempos de crisis, deben ser quienes paguen la cuenta.

También alertaba sobre el peligro del déficit y la deuda. Advertía que si el Estado gastaba más de lo que tenía y cubría ese hueco imprimiendo billetes (emisión) o endeudándose, se generaba inflación. Desde su perspectiva socialista, la inflación debía desterrarse, porque funcionaba como un impuesto invisible y cruel que encarece la vida, robando poder de compra a los trabajadores para cubrir la ineficiencia del gobierno. En un relevante libro, El proceso inflacionario: las distintas versiones, el destacado economista Héctor D’Agostino analiza el tema en profundidad.

En el mundo del dinero, detestaba la mendacidad. Consideraba a  la emisión de papel moneda sin respaldo de oro y la clausura de la Caja de Conversión, como una estafa a los trabajadores. Creía firmemente que el “dinero barato” –la inflación y la devaluación- significaba vida cara para el pueblo trabajador.

Aunque consideramos que el cierre de la Caja de Conversión era casi inevitable producto del contexto histórico, es entendible su posición por la inevitable pérdida en el valor de los salarios.  Pagar salarios con papeles pintados que perdían valor -para Justo- era una forma de bajar el valor de la fuerza de trabajo, y robarle al obrero el fruto de su esfuerzo, beneficiando únicamente a los capitalistas y especuladores.

Posó su mirada crítica sobre los bancos oficiales, como el Banco Hipotecario y el Banco de la Nación. No veía en ellos austeridad, sino derroche y favoritismo, con sueldos enormes para los jefes y una burocracia que crecía sin control. Le indignaba que estas instituciones, fundadas con el dinero de todos, sirvieran para dar créditos de favor o sostener lujos, olvidando su misión de ayudar a la colonización del campo o la construcción de viviendas modestas para la gente común. El maridaje entre las autoridades del Banco Nación del gobierno de turno y la empresa Vicentin, es una demostración palpable del necesario control ciudadano de la cosa pública.

Las malas finanzas eran hijas de la mala política, una herramienta con la que la oligarquía y los gobernantes ineptos empobrecían al pueblo, mientras malgastaban su futuro en deudas y gastos superfluos. Su visión era la de un Estado fuerte y eficiente, financiado por los que más tienen, que interviene para proteger a la sociedad y no solo a las corporaciones, y que rechaza el despilfarro político para invertir en el bienestar colectivo.

 El escritor John Eaton afirma con certeza: “Los gastos estatales son el campo de batalla de los intereses de clase”. Juan B. Justo lo tenía muy en claro.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)