Recuperando competitividad
El concepto de competitividad es hoy el denominador común en los debates de todos los sectores de la economía PyME, o mejor dicho, la preocupación unánime por su alarmante pérdida.
Días atrás, en un encuentro entre colegas y empresarios amigos, el tema emergió con una fuerza inevitable. Como es habitual en estos espacios de diálogo, cada sector expuso la radiografía de su actividad, elaboró un diagnóstico de sus dificultades específicas y esbozó propuestas de solución.
En las deliberaciones participaron amigos de distintos rubros: de Comercios, Servicios, Industria, Turismo, pequeños productores, así como también algún joven emprendedor.
La conclusión fue unánime: la región ha perdido competitividad frente a los países vecinos.
La razón principal de este fenómeno radica en una fuerte presión tributaria que, en términos consolidados al sumar impuestos nacionales, provinciales y tasas municipales, duplica la de otros países de la región y se posiciona como una de las más altas del mundo. A esto se suman los elevados costos operativos y las profundas asimetrías estructurales respecto a la franja central del país.
Como expresaba con lucidez un reconocido profesional correntino, tenemos el combustible más caro de la Argentina, pero también la energía más costosa, con el agravante de que no contamos con alternativas de sustitución debido a nuestra condición de electrodependientes.
A este escenario se añaden los sobrecostos logísticos derivados de las grandes distancias para el abastecimiento de insumos o la entrega de la producción, así como costos laborales idénticos a los de los grandes centros productivos, pero con una rotación y rentabilidad sustancialmente menor.
A la problemática de los costos se suma una deslealtad competitiva feroz por parte de la ilegalidad. El comercio informal ya no se limita a la venta callejera tradicional; ha sofisticado sus canales migrando hacia el entorno digital, transformando las redes sociales en verdaderos shoppings virtuales y articulando sistemas logísticos de distribución que carecen de controles y barreras fiscales, además de ocupar masivamente el territorio físico y virtual.
Por supuesto, el debate abarcó una agenda multidimensional de reclamos históricos que incluye la ausencia de financiamiento productivo a tasas competitivas, deficiencias en las comunicaciones para servicios electrónicos de captura de datos, la urgencia de desarrollar redes de transporte alternativas como las ferroviarias, fluviales y aéreas para abaratar el flete, las groseras trabas burocráticas y el impacto de la litigiosidad laboral junto a la inseguridad general.
Si bien estas problemáticas encuentran su respuesta definitiva en la macroeconomía, los tiempos de la planificación estatal distan mucho de las urgencias del sector privado.
¿Tienen las PyMEs tiempo para esperar? La respuesta es un contundente NO. El tejido productivo está crujiendo; muchas empresas ya han quebrado o cesado su actividad, y no son pocos los capitales productivos y comerciales que están migrando desde la economía real hacia los negocios financieros o el comercio de importación, con las graves consecuencias económicas y sociales en pérdida de empleo genuino y desindustrialización que esto implica.
¿Qué podemos hacer en el mientras tanto? No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando soluciones mágicas ni recetas asistencialistas. Debemos cambiar de actitud frente a las dificultades.
Nos hemos malacostumbrado a externalizar las culpas por nuestros propios errores o a esperar que un Estado paternalista acuda al rescate. Sinceramente, bajo el paradigma de la gestión de gobierno actual, está claro que el auxilio estatal no va a llegar, por lo que el cambio debe ser endógeno.
Es momento de comenzar a rediseñar de manera urgente nuestros modelos de negocio, optimizando procesos y poniendo en valor el poder real del asociativismo. Un claro ejemplo de éxito son los pequeños supermercados y autoservicios que han logrando excelentes resultados al integrarse en agrupaciones de compra para negociar de forma directa con los proveedores.
Asimismo, se impone trabajar en un catálogo de buenas prácticas comerciales que establezca directrices de competitividad y ética, articulado mediante consensos entre los comerciantes en sus respectivas Cámaras y con la participación activa de los municipios.
A la par de estas alianzas, resulta fundamental capacitarse en los nuevos formatos de comercialización, marketing digital y omnicanalidad. En un contexto contractivo como el actual, el precio es una variable importante, pero la experiencia de cliente, la fidelización y el valor agregado del servicio lo son aún más.
Las PyMEs son movimiento permanente; quedarse estáticos es sinónimo de quebranto. Para evitar este destino, las Cámaras Empresarias se consolidan hoy más que nunca como el ámbito natural, el refugio y la plataforma de resistencia.
Son el espacio clave para el asesoramiento, la capacitación, la información estratégica y la defensa gremial-empresaria que todo emprendedor y empresario necesita para sobrevivir y proyectar el futuro.
ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ











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